¿Alguien tenía algún género de dudas sobre el rendimiento de Lebron James en las Finales de la NBA 2016? Más allá de los gustos deportivos sobre el juego novedoso de los Warriors (basado en ese SmallBall de Steve Kerr de jugar con cuatro pequeños, un poste bajito y una amenaza de ametralladora constante desde el perímetro) o su más reciente adaptación por parte de los Cavs (alternar los sistemas del equipo de la Bahía con un juego más clásico y defensas alternativas generosas en ayudas para forzar malos tiros del rival y una sobrecarga en el rebote defensivo que permitiera correr a los de Cleveland), las finales de 2016 (y por extensión de 2015) se han basado en el respeto a la figura de Lebron James como icono de la liga de baloncesto americana por encima de la retirada de un tal Kobe Bryant y de la fulgurante aura de un Stephen Curry que desde su lesión en primera ronda, no ha dado todo lo que a priori se espera de él.

Junio de 2015. Primer partido: ¿Irving?, lesionado; ¿Love? lesionado. El Big Three de Cleveland se convierte en el Chosen One contra el mundo. Es imposible que las esperanzas de los Cavs pudieran ser un legionario como Dellavedova sin más habilidad que ser un buen jugador de equipo y un coleccionista de muñones, tan limitado como correoso, tan agresivo como secundario. Lebron James llevo su talento hasta donde pudo, un sexto partido donde él nadaba solo con todo Ohio a la espalda. Reto tan imposible para uno de los mejores jugadores de todos los tiempos que incluso era “normal” verle hacer un triple doble al descanso día sí y día también. Fracaso, decepción, cuarteles de invierno…

18 de Enero de 2016: Los Warrrios humillan a Cleveland por  98-132 en el Quicken Loans Arena en un repaso histórico que le cuesta la cabeza a David Blatt (primer entrenador de formación “europea” de éxito que llega como Head Coach a la NBA, aunque se sigue resistiendo el primer europeo puro que se convierta en el jefe al mando de los banquillos) y ese evento se convirtió en el Kevin Roldan de la NBA en la temporada 2015-16. “Gracias Steph, contigo empezó todo”.

Junio de 2016. El propio Curry revalidaba el MVP pero los Warriors pasaban las de Caín para superar a los Thunder en 7 partidos mientras que Cavs a la chita callando, se plantaban en la final con todo su “tridente” (leer en prensa generalista tanto símil futbolístico en el baloncesto me sigue produciendo esguinces cerebrales) totalmente sano dispuesto a dar guerra. Primer asalto, 1-3 y tres partidos para sentenciar el back to back tan deseado tras el 73-9 de la temporada regular. Se había perdido el respeto por los caballeros de Cleveland tanto en la pista como en los medios de comunicación del Estado de California. Ahora bien, ¿alguien dudaba en algún momento de Lebron James? 82 puntos entre el 5º y el 6º partido (con un Irving que quizá mereciera el MVP de las Finales más que el propio Lebron si nos atenemos a su importancia en el juego) y un triple doble en el último choque con un tapón estratosférico sobre Iguadala (ya no contra tablero, sino contra el marcador del pabellón) que pasará a las hemerotecas como la imagen de la final. Lebron emergió de sus cenizas, cual Ave Fénix para echarse una franquicia a la espalda y darle su primer título, su primer éxito, el hijo pródigo había vuelto para dar el prometido anillo. The Chosen One podía quitarse el peso de sus anteriores fracasos (ha jugado 6 finales consecutivas, hasta la fecha solo había ganado 2) y el hijo de Akron levantó el trofeo Larry O’Brien por primera vez con la camiseta de su ciudad.

¿Ha hecho algo distinto Lebron James a lo que había hecho anteriormente? Nada más lejos de la realidad, tan solo ha reclamado respeto de la forma más práctica que existe. El respeto no se pide, simplemente se consigue a base de trabajo y resultados. Lebron no solo ha ganado el anillo que le sigue acercando a su propia leyenda (3 títulos NBA, 4 MVP de la temporada, 3 MVP de las Finales, Mejor Anotador de la NBA, 10 veces Mejor Quinto, 12 veces All-Star, 2 Meves MVP del All-Star, Rookie del Año y 2 Medallas de Oro de los JJOO) y al valor de su marca personal (Lebron tiene el primer contrato vitalicio de la historia de la mercadotecnia americana con Nike por el cual, se especula que ganará más de 1.000 millones de dólares en el medio plazo solo por su vinculación con la empresa de Oregon), Lebron lo único que ha hecho ha sido merecerse el respeto que se le tiene, ¿cómo? como mejor lo sabe hacer, en una pista de baloncesto sabiendo que los títulos se ganan en los albores del verano . La única diferencia han sido las lágrimas; mientras que el año pasado nadie vio las lágrimas de Lebron, este año todo el mundo ha visto esa liberación de frustración que acumulaba en su tercera final con sus Cavs y su potencial quinta final perdida juntando su periplo por los Heat

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Ahora bien, hoy hay una persona que tiene esas mismas lágrimas en el resto y que nadie ha visto en pantalla (por cierto, las finales de la NBA han movido en 7 partidos más de 300 millones de dólares solo en publicidad en televisión, una auténtica salvajada que anticipa los nuevos contratos que se van a firmar este verano con la introducción del nuevo contrato televisivo), una persona que no ha estado a la altura de su nombre y de su éxito, pero que le está ocurriendo lo mismo que al líder de los Cavs. Que nadie dude que dentro de 12 meses, en Junio de 2017 habrá una figura que emerja desde el túnel del vestuarios, con ganas de tener el respeto que se merece: Stephen Curry (para ello los Warrrios deberán fichar un 4 o un 5 de garantías para los más de 100 partidos de la temporada, pero es otra historia), con permiso de Thunder, Spurs y el resto de aspirante al respeto.

El baloncesto es de esos deportes donde el respeto forma parte del juego más que en otras actividades colectivas y la historia nos marca que nunca se debe pedir a cambio de nada, sino se entrega solo a base de esfuerzo y sacrificio. Ya sea en Castilla la Mancha, en cada una de las 5 provincias de la región o quedándose una noche (más) en vela a través del streaming del ordenador para disfrutar de lo grande que es este deporte que compartimos.

Decían que Paris bien vale una misa y yo añado que el baloncesto bien vale media docena de cafés y medio kilo de legañas.

PD: Tengo especial interés en saber qué es lo que dirán a sus nietos tanto Sasha Kaun como  Anderson Varejao sobre los anillos de campeón que recibirán por su título de campeón NBA y que descansarán en las repisas de sus chimeneas en Rusia y en Brasil respectivamente. A veces la historia deja mucha anécdotas, tantas que habría que escribir una entrada de blog todos los días.